miércoles, 21 de marzo de 2012

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BOLONIA, LA CIUDAD ROJA

En el norte de Italia, la ciudad de Bolonia es conocida como la Ciudad Roja. En primer lugar por el color de sus fachadas y techumbres, y además por ser un núcleo importantísimo del Partido Comunista Italiano. Desde 1946 hasta 1999, está ciudad ha tenido un gobierno comunista. Pero Bolonia es algo más: es el centro de comunicaciones más importante de Italia, con cuatro autopistas y una estación de ferrocarril que es la primera de Europa en cuanto a número de pasajeros.



     Además de sus monumentos, Bolonia destaca por tener la universidad más antigua de Occidente, donde estudiaron Dante, Petrarca, Thomas Becket, Erasmo, etc. Allí se levantó el selecto Real Colegio de España, antes incluso que a nuestro suelo patrio se le llamara España. Estamos hablando que este Colegio de España se abrió en 1369. Pero hay más: Bolonia es la sede de la exposición de automóviles mayor del mundo (Motorshow), en su término se encuentra la fábrica de Lamborghini y Ducati, y por si fuera poco de aquí es la salsa boloñesa, ideal para la pasta fresca que puede adquirirse allí. Tienen fama los soportales de Bolonia, que hacen más agradable su paseo tanto en días calurosos como lluviosos, o nevados (aquí suele nevar) Tiene 50 km de soportales y solo en su centro urbano se miden 37 km. Por si fuese poco, dispone del segundo casco medieval más grande de Europa, después de Venecia.


     Allí llegamos cuando estaba próxima la llegada de la primavera. Desde el hotel Tre Vecchi se contemplaba la fachada del teatro “Arena del Sole”, el mayor de Bolonia. Su centro está lleno de cosas interesantes: la iglesia de Santo Stefano, el duomo de San Petronio, que no llegó a completar de mármol su fachada, la catedrale de San Pietro, la Piazza Maggiore y el Archiginnasio, que no es un centro deportivo, sino una biblioteca municipal y antigua sede de la veterana Universidad. Digna de ver es el aula de madera donde se realizaron los primeros estudios de anatomía humana, conservándose la piedra de mármol donde se diseccionaban los cadáveres para su estudio.

     Los nobles levantaban elevadas torres para demostrar su poder. Se conservan las dos famosas torres llamadas Garisenda y Asinelli, con un notable grado de inclinación. Ciudad de estudiantes, es normal encontrar muchos jóvenes hablando nuestra lengua.

    
 

                 
     

sábado, 10 de marzo de 2012

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El Guadalquivir se muestra distinto en Córdoba. Discurre poco profundo junto al restaurado puente romano, que desde la torre de la Calahorra nos sumerge en la maravilla de su centro histórico. Tiene el río isletas con arboleda, una vieja noria de madera, molinos y patos. En el puente una improvisada imagen, al aire libre, de San Rafael, donde los cordobeses colocan velas petitorias.
            El día es radiante, caluroso para la fecha en que estamos, y es que el otoño no acaba de llegar climatológicamente hablando. Una vez cruzado el puente, una columna alta sostiene, de nuevo, al Arcángel que mira a la ciudad, dando la espalda al río. Esta zona es concurrida, los turistas le hacen un cinturón a la catedral, la antigua y conocida Mezquita, un cuadrado de más de 24.000 metros cuadrados.
            El patio de las purificaciones es grande, con naranjos, acequias y fuente. La entrada normal es de 8 euros por persona, y el templo es una mezcla de elementos del arte musulmán y de las modificaciones posteriores por parte de los reyes y jerarquías cristianas. Esta mezcla de estilos, o si lo quieren de elementos de dos creencias religiosas, no fue bien vista ni por el Rey Carlos V, pero lo cierto es que los musulmanes edificaron su mezquita sobre una iglesia cristiana dedicada a San Vicente.   
            Hay columnas, muchas columnas, unas 850, de mármol, y también de granito y algunas de jaspe. Todo un espectáculo de arquerías, con sillería blanca y roja, de herradura y arcos superpuestos. En el exterior, sus calles estrechas, con tiendas de souvenir, flores y turistas, y una tuna sobre una terraza de bar canta sus melodías bajo el sol del mediodía.  En la calle Lineros, las Bodegas Campos ya no tenían mesa para almorzar, pero sí en la parte de bar. Parecía que toda Córdoba se iba dando cita en este restaurante, hasta una boda iba amontonando gente en los salones del interior. Vimos pasar a un invitado conocido: Manuel Chaves González.



            La cola de toro, o el arroz con cola de toro, las patatas cortijeras con chorizo hacen las delicias del transeúnte, que todavía tiene ocasión de visitar el interior de la bodega, donde han firmado sobre la barrilería, personas del linaje más aristocrático español. 
            El paseo por la plaza de la Corredera, nos recuerda otras plazas mayores, cerradas y porticadas. Casi toda esa enorme plaza la poblaban gente joven, sobre mesas y veladores de mesones cordobeses. Pasando junto a las altas columnas de un antiguo templo romano, llegamos hasta la plaza de las Tendillas, donde reposamos con una copa de helado y esa sombra maravillosa, dando vista a la escultura ecuestre del Gran Capitán, mientras un rasgueo de guitarra nos advertía que eran las 4 de la tarde.
            Volvimos al río, cerca de las 6 de la tarde y emprendimos camino a casa, por una cómoda autovía, con un sabor dulce por aquel encuentro, que hace ya tiempo no habíamos hecho. Córdoba: quedan siempre ganas de volver.

miércoles, 7 de marzo de 2012

EL CENTRO DE ESTUDIOS PALMERINOS

RESPUESTA A LAS PREGUNTAS:
¿Que opinión te merece la idea de crear una Semana de Estudios Palmerinos y un Centro de Estudios Palmerinos en la Biblioteca Municipal? (Programa electoral del PP en las últimas elecciones municipales)


Martín L. Lagares:
Esa pregunta no tiene más que una respuesta posible. Nuestro pueblo está muy necesitado de una puesta en valor seria y coherente de su cultura, historia, personajes, tradiciones, patrimonio y un largo etc....
Manuel Ramírez Cepeda:
La idea no es mala...
Rocío Moreno Domínguez:
…, la creación de una semana de estudios palmerinos me parece muy buena idea pero me tendrías que explicar un poco más el proyecto para poder ponerlo en conocimiento del Carlos Soriano, concejal de educación. Con  respecto al centro de estudios, pronto inauguraremos el antiguo juzgado rehabilitado que va a tener una función educativa primordialmente, puesto que está contemplado un aula de formación continua, homologada para dar formación, un aula de la experiencia, los talleres de inglés, el cubre espacio joven, el aula guadalinfo y la escuela de adultos entre otros.
Carlos Soriano García:

Dada la pregunta que me ha hecho llegar sobre el centro de estudios palmerinos y su semana de estudios, le informo que los técnicos y mi persona estamos trabajando en este proyecto para que se asienten unas bases sólidas donde sustentarse y consolidarse en años venideros.

José Mª Dabrio Pérez
 
¿Que qué opinión me merece? En principio me parece estupenda idea.




 

martes, 6 de marzo de 2012

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Asturias: verdes sus suelos y blancos sus cielos. La bruma del Cantábrico, el suave orbayu del fresco verano, la niebla que cae y se levanta, sus frescos ríos caudalosos… las noches de julio bajo las mantas. ¡Asturias, en añoranzas!


Solo el aroma de sus verdes prados, con sus tranquilas vacas pastando e ignorando al caminante, te consuela de esa añoranza de luz del sur, del Atlántico de bahías gaditanas y costas junto a Doñana. 
Subes hasta los duros Picos de Europa, y buscas esa ermita de la roca, agreste y húmeda: la Santina  se yergue junto a los restos de la tumba de Don Pelayo, y el sabor a mar de los puertecitos de la alta costa se enjuagan con la sidra, que hay que hacerla caer alta para que se oxigene y pierda acidez.


Prado y mar, gente noble, ganaderos y pescadores, de esa tierra tan regada y frondosa, con sus pueblos en empinadas laderas hacia la mar, que solo se abre en pequeñas y frescas calas.
¡Asturias: “si yo supiera cantarte”!!

SENTIMIENTOS DE SEMANA SANTA.


                                                                                                              Parece que en un trueque de pasión,
                                                                                                                     el corazón se trae, roto, el nido;
                                                                                                           y que se queda en el nido, roto, el corazón
                                                                                                                          (Juan Ramón Jiménez)

Por fortuna estoy corporalmente a muy poca distancia de mi cuna. Esto me permite confundirme con mis paisanos cada vez que tengo oportunidad. Visitar en el tiempo frío de diciembre los portales de Belén, o en la calurosa noche de agosto ver pasear a la célica imagen de nuestra Patrona, la bendita Virgen del Valle. Por supuesto, aquí estamos también cuando la primavera nos pone alegres y cruceros, saboreando un buen plato de habas con poleo.
No me arrastró la corriente del destino ni muy lejos, ni a una tierra de gran diversidad con mis orígenes. Tenemos que hablar de Semana Santa, pues para eso estamos en una edición casi monográfica. Todos saben que los palmerinos cofrades suelen beber de esa fuente de devoción y de arte que representa la Semana Mayor de Sevilla, y algunos visten las túnicas de hermandades hispalenses, conocen a la perfección las imágenes que procesionan, los templos y capillas de donde parten sus cortejos, sus recorridos y horarios. 
Cada vez que me dispongo a escribir en alguna revista palmerina, retomo lo que llamo mi ultraligero blanco y pongo rumbo oeste, a través del Aljarafe, siguiendo el impulso de un viento sofocante, apasionado, tórrido de siestas veraniegas. Vientos de levante, que me recuerdan aquellos aires que, desde la Pescadería llegaba hasta la puerta de la casa paterna, por la mañana, con olor a aceite de calentitos de Concha, y cafés de Fernando y de Padilla.
Con este texto que pretendo hoy enviarles, abusando de la generosidad de ustedes, ocurre lo que tantas veces acontece en mi interior. Me transporto, entre la memoria y la imaginación, a esta tierra, a este suelo, pero sobre todo a este sentimiento que compartimos los que nos llamamos palmerinos, bien porque hayamos nacido aquí o porque nos sintamos tan vinculados a este pueblo, por amor y compenetración con sus tradiciones y su forma de vida, como puede estarlo el que fue parido en la alcoba materna, sin conocer más hospitales, ni más cuna que la que usaron sus ascendientes durante generaciones.
Pero el escritor, en mi caso escritor aficionado de pueblo, sufre una especie de metamorfosis desde que se sienta delante del teclado hasta que se levanta. Es la soledad física que te rodea. No sería posible escribir entre un barullo humano. La soledad que sentíamos antes al ver unos folios en blancos, o ahora una pantalla vacua, donde tienes que grabar unos sentimientos hechos palabras. Palabras escritas que han de ser leídas no se sabe por quién. Palabras que vienen encadenadas a recuerdos, y los recuerdos son el lenguaje de los sentimientos. Sentimientos y recuerdos que te desgarran el alma en ocasiones, porque son tiempos idos como también marcharon muchos de nuestros seres queridos y muchas situaciones que vivimos con una especial circunstancia que se nos antoja irrepetibles. Porque irrepetible es la niñez, porque irreversible es la juventud, corriendo por la rampa que, días antes del Domingo de Ramos, colocaban ante los escalones de la puerta principal de la iglesia.
Tenemos que hablar de Semana Santa, ya lo sé. Pero no entiendo este periodo anual sin sentimientos, como si éstos fueran esas ramas de enredaderas que van abrazando el tiempo a medida que ascienden por el camino de tu vida. No es posible hablar de Semana Santa como si hubiéramos visto los primeros pasos, y las primeras imágenes, anteayer.
Oímos expresiones elogiosas al arte que rebosan nuestros pasos, mecidos entre la grácil silueta de una torre esbelta y el perfume sutil del azahar. Son personas venidas de fuera, de otros países, que se sorprenden de ver algo insólito para ellos, y aprecian la armonía del arte, el labrado de una canastillas, el cincelado de unos varales, el movimiento de unas bambalinas al compás diletante de una sentida marcha procesional, se extasían contemplando una cara de Virgen guapa, o se emocionan admirando un rostro hermosamente muerto de Cristo, prendido de una cruz. Eso será sorpresa, serán logros de la gubia de un artista, será ritmo compartido de una cuadrilla bajo el paso, será lo que será... ¡pero la verdadera Semana Santa, palmerinos, hay que aprenderla de la mano de unos padres, que te cogen cuando cansados esperan en una esquina, y te llevan arriba junto a su pecho y te hacen sentir lo que ellos sienten! ¡Hay que aprenderla cuando te levantan de la cama de madrugada y te ayudan a vestirte con la ropa de acólito y aspiras, entre los primeros rayos de la mañana, el humo del incienso que todo lo envuelve en matices de luz distintos! ¡Hay que aprenderla cuando después de degustar una torrija casera te vas calando el capirucho, coges el cirio, y te diriges hacia la iglesia, donde te esperan tus imágenes! ¡Hay que aprenderlo viviendo, hay que sentirlo si tu padre te enseña con su ejemplo, a ponerte una túnica o un costal, a ponerte en las filas o debajo de una trabajera, y hay que aprenderlo viendo la cara de Cristo, a punto de darlo todo por la humanidad, por amor, sufriendo con Jesús en el momento de su Pasión, y tienes que aprenderlo a base de lágrimas que no se contienen cuando ves aparecer en el dintel de la iglesia, una cara dolorosa, que se hace bella porque bella es la bondad y hermosa es la gracia que Dios pone en la que es Madre de su Hijo y de la Humanidad! ¡Hay que aprenderlo viviendo y sintiendo, tradición heredada de generaciones que saben emocionarse ante la fe de Cristo hecho Hombre, y hay que aprenderlo portando en el pecho ese escudo invisible de palmerino que lleva interiormente a gala ser cofrade y cristiano!
Entre la bruma de los recuerdos conservo en el fondo de mi corazón la vieja oficina de mi padre, donde se repartían las túnicas a los hermanos de Padre Jesús, antes de que dispusieran del local del piso que está junto a la ermita del Valle. No puedo remediar cierto temblor de mi pecho al revivir aquellas noches en que Pepe García, el practicante, aparcaba su bicicleta en la puerta de la casa de mi padre, y se sentaba, mientras cenábamos, a la izquierda de mi progenitor. Un vaso de vino y un platito de lo que hubiera de cena aquel día: Allí se hablaba, noches y noches, de los pasos, de las bandas de músicas, del cura que vendría a predicar el quinario de Padre Jesús, de los cirios, de las insignias, del altar de culto... ¡No se aprende la Semana Santa siendo un advenedizo más, se aprende aceptando una tradición, y se aprende viendo a tu padre marchar a la casa de Ejercicios Espirituales de Huelva o al Sagrario la noche del Jueves Santo, hasta que llegaba la hora de recibir a la banda de la Cruz Roja, y ponerse su túnica morada para acompañar la donosura de la Virgen del Socorro, hasta que el sol calentaba la mañana, empezaba a picar el capirote blanco, y desde el balcón del añorado Alejo, caía el clavel de la última saeta. ¡Que lástima que durante tantos años le dedicara tantas horas a su Hermandad, y no haya tenido ni siquiera un gesto tras su entierro! Aunque, parece que las cosas cambian y esta nueva Junta de la cofradía del Valle está dedicando más atención a su patrimonio humano, y dispensan el pésame y el reconocimiento a los mayores en la festividad gozosa de la Epifanía. ¡Enhorabuena, señores! 
Dice Carlos Colón que la Semana Santa tiene una religiosidad de tipo oriental, cuerpo barroco, sentimiento romántico y gracia costumbrista.  No podrán entender este tiempo quién no haya rezado alguna vez ante una situación angustiosa, quién no se haya emocionado ante la figura agonizante de un Hombre, figura encarnada del Todopoderoso lleno de amor. No podrán vivirla plenamente quienes no sean unos enamorados del verismo peculiar del barroco, ni aquellos que, reconociéndose románticos, tengan prejuicio de acercarse a las cosas que la tradición costumbrista nos ha puesto cerca para su admiración y deleite.

miércoles, 29 de febrero de 2012

LA PASIÓN SEGÚN SEVILLA ( III )




             Ya tenemos a Cristo clavado en su cruz en el suelo y elevado hasta la vertical por cuerdas, en la Hermandad de la Exaltación que pone sus pasos en la calle el Jueves Santo. Pertenece a la parroquia de Santa Catalina, actualmente en obras de restauración y durante unos años procesiona desde la iglesia de Los Terceros. En el paso, además de dos romanos a caballo (por lo que se le conoce por la cofradía de los caballos) aparecen por primera vez los dos ladrones que fueron ajusticiados con Cristo: Dimas y Gestas. La autoría de la talla de Jesús corresponde al taller de Pedro Roldán, los ladrones a su hija Luisa, y el resto de la composición a varios autores. Una vez clavado en la Cruz, Sevilla contempla con emoción y devoción las esbeltas siluetas de Cristo con sus brazos extendidos, pronunciando sus palabras (siete frases, autor Felipe Martínez) que se rememoran en la Parroquia de San Vicente, de la que ya hemos escrito antes. Cristo tiene sed en el barrio de Nervión, paso de Miércoles Santo de la Parroquia de la Concepción, cuya talla es de Luis Alvarez Duarte. Dieron de beber a Jesús vino con hiel. Él probó pero no quiso tomarlo. Todavía tiene vida Jesús para perdonar a un ladrón arrepentido: San Dimas. La hermandad de la Conversión del Buen Ladrón sale el Viernes Santo de la Capilla de Montserrat, plaza de San Pablo, una imagen de Juan de Mesa. Este enorme paso lleva tres crucificados: Cristo y los dos ladrones.
Jesús a punto de morir por las ca1lles de Sevilla, mira al Cielo y encomienda su espíritu al Padre, Hermandad de Santa Cruz, paso neogótico con imagen de Pedro Roldán que procesiona el Martes Santo. Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó: "Elí, Elí, lemá sabactani", que en arameo significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?", según los evangelios de Mateo y Marcos. Las palabras finales de Jesús difieren en los otros dos evangelios También hay diferencia entre los evangelios en cuanto a qué discípulos de Jesús estuvieron presentes en su crucifixión: en Mateo y Marcos, son varias de las mujeres seguidoras de Jesús; en el Evangelio según San Juan se menciona también a la Madre de Jesús y al "discípulo a quien amaba" (según la tradición cristiana, se trataría del apóstol Juan, aunque en el texto del evangelio no se menciona su nombre)
El costado de Jesús es abierto por el romano a caballo, de la cofradía de la Lanzada, que procesiona el Miércoles Santo de la Parroquia de San Martín. Cristo de Antonio de Illanes. Lanza que también se clava en el barrio del Cerro del Águila, Martes Santo, Cristo del Desamparo y Abandono de la Parroquia de Los Dolores, tallado por Francisco de Ocampo y un conjunto de Juan M. Miñarro. En el primer paso del Cerro, Cristo muerto en la Cruz, frente a Él, el Centurión, en presencia de un sayón y dos soldados romanos, dice tras verle expirar "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Mc. 39)"
De la espalda del Teatro de la Maestranza (Capilla  de Dos de Mayo) sale la Cofradía llamada de las Aguas: El primer «paso» representa la muerte de Cristo en el Monte Calvario. Al pie del Santo Madero, la Imagen de Nuestra Madre y Señora del Mayor Dolor, obra de José Romero Murillo del año 1944, María Magdalena, de Luis Alvarez Duarte (1 998), y un Ángel tallado por Juan Abascal Fuentes, en el año 1962, que arrodillado simboliza recoger en un cáliz, la Sangre y el "Agua" que mana del costado de Cristo. San Juan Evangelista, es obra de Luis Alvarez Duarte, del año 1973. Hay otra hermandad con tres crucificados y con salida el Viernes Santo desde la capilla de la Carretería: Cristo de la Salud: El misterio representa las Tres Necesidades –escaleras, sábanas y sepulcro- En él aparecen: Cristo crucificado y muerto, la Virgen de la Luz, San Juan, las Tres Marías, los Santos Varones así como las imágenes del Buen Ladrón y el Mal Ladrón. Tras crucificarlo, los soldados se repartieron sus vestiduras. En la cruz, sobre su cabeza, pusieron un cartel en arameo, griego y latín con el motivo de su condena: "Este es Jesús, el Rey de los Judíos", que a menudo en pinturas se abrevia INRI ("Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum", literalmente "Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos")
La imagen de Jesús en la cruz procesiona entre el fervor de una expiración reciente. Cristo con sus ojos ya en blanco en Triana de nuevo, Iglesia del Patrocinio: Cristo de la Expiración, llamado “El Cachorro”, del Viernes Santo, cuyo autor es Francisco Antonio Ruiz Gijón (1682) Expiración que se retuerce en el Madero por el Museo de Bellas Artes: Cristo de la Expiración, de Marcos Cabrera, que procesiona el Lunes Santo. Cristo al que piden salud por San Bernardo, el barrio torero, de Andrés Cansino con salida el Miércoles Santo. Cristo de los Javieres, desfilando con seriedad el Martes Santo, desde la calle Feria, Parroquia de Omnium Sanctorum: Cristo de las Almas, de las almas sevillanas que le acompañan bajo el antifaz de la penitencia. Un Cristo de José Pirés Azcárraga. Cristo viejo, antiguo, de la Parroquia de San Pedro para su salida el Miércoles Santo: Cristo de Burgos, de Juan Bautista Vázquez, el Viejo. Y aún más antiguo, de autoría desconocida, gótico desde la Capilla del Dulce Nombre: Cristo de la Vera Cruz. Cristo exangüe o de la Sangre que procesiona en la Hermandad de San Benito el Martes Santo, obra de Francisco Buiza. Y sigue en su Cruz salvadora de la Hermandad de Los Negritos, el Cristo de la Fundación, de Andrés Ocampo, que se puede ver por las calles en la tarde del Jueves Santo desde la Capilla de Los Ángeles. Cristo con su pecho rígido de muerte, que sale el Miércoles Santo desde el Convento franciscano de San Antonio de Padua, una imagen de Sebastián Jiménez que lleva por título Cristo del Buen Fin. Cristo muerto en su Cruz en la Madrugada sobre paso de caoba y hachones de color tiniebla, dibujando su figura serena ante el dintel de la iglesia de la Magdalena: Cristo del Calvario de Francisco de Ocampo, y Cristo muerto por Amor, en la Colegiata del Salvador, sobre un pelicano en su trasera, obra espléndida de Juan de Mesa para la noche del Domingo de Ramos. Y Cristo de la Buena Muerte en la Parroquia de San Julián, llorado por la Magdalena de rodillas a sus pies también en Domingo de Ramos. Y Buena Muerte pregonan las aulas de la Universidad, figura serenísima y perfecta de Juan de Mesa, que procesiona el Martes Santo de la Capilla muy próxima al Rectorado de Sevilla.
Ha muerto ya en su Cruz y hay que bajarle del mástil del Calvario sevillano. Un seguidor de Jesús, llamado José de Arimatea solicitó a Pilatos el cuerpo de Jesús la misma tarde del viernes en que había muerto. Lo desclavan y con unas sábanas descienden su cuerpo inerte en la Parroquia de la Magdalena. Es Jueves Santo cuando en silencio avanza por San Pablo el paso de la Quinta Angustia de Pedro Roldán e igualmente pende de la Cruz el Cristo de las Cinco Llagas de la iglesia del Colegio salesiano de la Trinidad, obra de Luis Alvarez Duarte para la tarde del Sábado Santo.
Ya tiene María a su Hijo en su regazo. Figura de la Pietá que se contempla en la Hermandad del Baratillo, en las cercanías de la plaza taurina de la Maestranza. Figura de una Madre joven que esculpiera, para la Capilla de la Piedad, Luis Ortega Bru (talla de Cristo) y José Fernández Andes (talla de la Virgen) Cristo es trasladado, envuelto en una sábana, a un sepulcro excavado en la roca. La Hermandad de Santa Marta, Parroquia de San Andrés tiene un maravilloso conjunto para evocar este traslado, con un Cristo de Ortega Bru e imágenes de éste artista y de Sebastián Santos Rojas, que procesiona el Lunes Santo. Antes de ser enterrado, se procede a su mortaja. Así Sevilla compone su cuadro de figuras en el Convento de la Paz para el Viernes Santo. “Nuestro Padre Jesús Descendido de la Cruz en el Misterio de su Sagrada Mortaja” de Cristóbal Pérez (1667) e imágenes del círculo de Roldán.
El Sábado Santo todo se hace solemne ante el Santo Entierro de Cristo, desde la Iglesia de San Gregorio. Una talla encerrada en urna neogótica, atribuida a Juan de Mesa. Cubrió el sepulcro con una gran piedra. Según el Evangelio según San Mateo (no se menciona en los otros evangelios), al día siguiente, los "príncipes de los sacerdotes y los fariseos" pidieron a Pilatos que colocase frente al sepulcro una guardia armada, para evitar que los seguidores de Jesús robasen su cuerpo y difundieran el rumor de que había resucitado. Pilatos accedió. Los  evangelios relatan que Jesús resucitó de entre los muertos al tercer día después de su muerte y se apareció, según Sevilla, en la Iglesia de Santa Marina, con una talla de Francisco Buiza que marca un amanecer de esperanza para esta celebración de la Pascua que pone su punto final.
                                                                             
                                                                                     MANOLO RODRÍGUEZ BUENO